2 Reyes 5:9-12
“Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo. Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio. Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado”.
Introducción
Naamán era un hombre importante. Era general del ejército de Siria, respetado por su rey, valiente en extremo y reconocido por sus victorias. Tenía autoridad, posición, riquezas, influencia, caballos y carros. Sin embargo, había algo que ni su rango militar, ni su dinero, ni su reconocimiento podían solucionar: Naamán era leproso.
La Biblia dice:
“Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima… Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso” (2 Reyes 5:1).
Ese pequeño “pero” cambiaba toda su historia. Era un hombre grande, pero leproso; valiente, pero enfermo; admirado públicamente, pero sufriendo en lo privado.
Esto nos enseña que podemos tener muchas cosas y, aun así, poseer necesidades que solamente Dios puede resolver. Podemos aparentar fortaleza delante de los demás, mientras por dentro cargamos heridas, pecados, enojo, incredulidad, impaciencia y orgullo.
Cuando Naamán llegó a la casa de Eliseo, pensaba que su único problema era la lepra de su cuerpo. Sin embargo, durante el proceso, quedaron al descubierto otras enfermedades que no estaban en su piel, sino en su corazón.
Naamán necesitaba ser limpio de la lepra, pero también necesitaba ser libre de su mal carácter, su impaciencia, su incredulidad y su soberbia.
El propósito de Dios no era solamente sanar su cuerpo. Dios quería transformar su corazón y llevarlo a reconocer que solamente Jehová es el Dios verdadero.
De la misma manera, el Señor no solamente quiere resolver nuestros problemas externos. Él también quiere tratar aquello que se encuentra escondido en nuestro interior.
Verdad central: Naamán no fue sanado por su posición, sus riquezas o sus propios métodos; fue sanado cuando se humilló, creyó y obedeció la palabra de Dios.
I. La primera enfermedad de Naamán era la lepra
“Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso” (2 Reyes 5:1).
La lepra era una enfermedad terrible que dañaba progresivamente el cuerpo. En la predicación bíblica puede ilustrar lo que el pecado produce en el ser humano: contamina, destruye, separa y conduce a la muerte.
Así como la lepra avanzaba por el cuerpo, el pecado que no es confesado va dañando poco a poco el corazón, la familia y la comunión con Dios.
Naamán tenía poder para dirigir un ejército, pero no podía sanarse a sí mismo. De igual manera, el ser humano puede tener educación, dinero, influencia y buenas intenciones, pero no puede limpiarse del pecado por sus propias fuerzas.
La Biblia declara:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
El pecado es una enfermedad universal. No afecta solamente a determinadas personas; todos hemos pecado y necesitamos la salvación de Dios.
Aplicación
Quizás delante de las personas parecemos estar bien, pero Dios conoce nuestra verdadera condición. No escondamos nuestros pecados. Acerquémonos a Cristo con arrepentimiento y fe.
Naamán tuvo que reconocer: “Estoy enfermo y necesito ayuda”. Nosotros también debemos reconocer: “Soy pecador y necesito a Jesucristo”.
II. La segunda enfermedad de Naamán era el mal carácter
“Y Naamán se fue enojado” (2 Reyes 5:11).
Cuando Naamán llegó a la casa de Eliseo, esperaba recibir un trato especial. Seguramente pensó que, por ser general del ejército sirio, el profeta saldría personalmente a recibirlo.
Pero Eliseo ni siquiera salió de su casa. Le envió un mensajero con una orden sencilla:
“Ve y lávate siete veces en el Jordán”.
Naamán se enojó porque las cosas no sucedieron como él esperaba. Su reacción reveló lo que llevaba en su corazón.
Dijo:
“He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego… invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar”.
Naamán había imaginado de qué manera Dios debía sanarlo. Cuando Dios no actuó conforme a sus pensamientos, se enojó.
Esto también ocurre con nosotros. Mientras las cosas salen como queremos, mantenemos la calma; pero cuando alguien nos contradice, no nos atiende como deseamos o Dios no responde de la manera que esperábamos, aparece el enojo.
Aplicación
Debemos preguntarnos:
- ¿Cómo reacciono cuando las cosas no salen como quiero?
- ¿Ofendo cuando estoy enojado?
- ¿Levanto la voz, insulto o guardo resentimiento?
- ¿Quiero que todo se haga a mi manera?
El Espíritu Santo quiere producir en nosotros dominio propio. El verdadero carácter cristiano no se demuestra solamente cuando todo está bien, sino cuando enfrentamos contradicciones y dificultades.
III. La tercera enfermedad de Naamán era la impaciencia
“He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego…” (2 Reyes 5:11).
Naamán esperaba que Eliseo saliera inmediatamente. Estaba acostumbrado a dar órdenes y ser atendido con rapidez. Quería una solución instantánea y de acuerdo con sus condiciones.
Él deseaba recibir el milagro, pero no quería pasar por el proceso de obediencia.
Muchos creyentes también padecen impaciencia espiritual. Queremos que Dios responda inmediatamente, sane rápidamente, abra la puerta hoy y cambie a nuestra familia mañana.
En ocasiones hasta intentamos ponerle una fecha límite a Dios: “Señor, si no respondes esta semana, dejaré de creer”; “Si no haces este milagro, ya no seguiré orando”.
Pero Dios no trabaja bajo nuestras presiones. Él es soberano, conoce el momento correcto y sabe qué debe formar en nosotros mientras esperamos.
Aplicación
No abandonemos la oración porque todavía no vemos la respuesta. No nos adelantemos a Dios. Su aparente demora no significa abandono.
La impaciencia dice: “Tiene que ser ahora”. La fe dice: “Señor, confío en tu tiempo, porque tú sabes lo que es mejor para mí”.
IV. La cuarta enfermedad de Naamán era la incredulidad o la fe condicionada
“He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego… alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra” (2 Reyes 5:11).
Naamán había llegado buscando un milagro, pero tenía una idea determinada de cómo debía suceder. Esperaba que Eliseo saliera, hiciera una oración pública, moviera su mano sobre la lepra y produjera una sanidad inmediata.
Naamán estaba dispuesto a creer siempre que Dios obrara de la manera que él había imaginado.
Esa es una fe condicionada: “Creeré si Dios hace exactamente lo que quiero y como yo quiero”.
Pero Dios no estaba obligado a cumplir el método imaginado por Naamán. La sanidad no estaba en la mano de Eliseo ni en el agua del Jordán. El poder estaba en Dios, y Naamán tenía que confiar en su palabra.
Aplicación
No condicionemos nuestra fe diciendo:
- “Creeré si Dios me sana inmediatamente”.
- “Creeré si Dios me da lo que estoy pidiendo”.
- “Creeré si todo sale como quiero”.
La verdadera fe dice: “Aunque no entienda el método de Dios, confiaré en su Palabra. Aunque no vea todavía la respuesta, seguiré creyendo”.
V. La quinta enfermedad de Naamán era la soberbia
“Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel?” (2 Reyes 5:12).
Naamán consideraba que los ríos de Siria eran mejores que el Jordán. Quizás el Jordán le pareció demasiado sencillo, pequeño o poco digno para un general de su categoría.
Su orgullo le decía: “Yo merezco algo mejor. No vine hasta aquí para meterme en ese río”.
Naamán quería ser sanado, pero sin humillarse. Quería la bendición de Dios, pero bajo sus propias condiciones.
El problema no era el agua del Jordán. El verdadero problema era que Naamán tenía que bajar de su carro, quitarse sus vestiduras militares, entrar al río y obedecer como cualquier otra persona.
Tenía que dejar de ser, por un momento, el gran general de Siria y presentarse delante de Dios simplemente como un hombre necesitado.
Aplicación
Para recibir lo que Dios tenía preparado, Naamán tuvo que descender: bajó de su carro, dejó a un lado su prestigio y entró en el Jordán.
De la misma manera, para acercarnos a Cristo tenemos que bajar del carro del orgullo y reconocer: “Señor, te necesito. No puedo salvarme ni cambiarme por mis propias fuerzas”.
La obediencia que produjo el milagro
Al principio, Naamán se volvió enojado y estuvo a punto de regresar a Siria con su lepra. Su enojo casi le hizo perder el milagro.
Pero sus criados se acercaron y le dijeron:
“Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?” (2 Reyes 5:13).
Naamán escuchó el consejo, se humilló y obedeció:
“Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (2 Reyes 5:14).
El número siete no era una fórmula mágica. El milagro ocurrió por el poder de Dios cuando Naamán obedeció completamente su palabra.
Naamán pudo haberse sumergido una vez y decir: “No pasó nada”. Pudo hacerlo seis veces y marcharse desilusionado. Pero la obediencia verdadera no se detiene a mitad del camino.
Después de ser sanado, Naamán regresó y confesó:
“He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel” (2 Reyes 5:15).
Dios no solamente sanó su piel; también transformó su corazón. El hombre que llegó lleno de orgullo regresó reconociendo al Dios verdadero.
Conclusión
Naamán llegó a Israel pensando que solamente tenía una enfermedad, pero Dios le mostró que también había problemas en su interior.
Tenía lepra en su cuerpo, enojo en su carácter, impaciencia en su espera, incredulidad en su manera de pensar y soberbia en su corazón.
Naamán no fue sano cuando llegó con sus caballos y su carro. No fue sano por ser general. No fue sano por llevar riquezas. Fue sano cuando descendió, se humilló y obedeció la palabra de Dios.
Hoy debemos preguntarnos:
- ¿Hay algún pecado que necesito confesar?
- ¿Mi mal carácter está lastimando a las personas que amo?
- ¿Estoy impacientándome con Dios?
- ¿Mi fe depende de que Dios actúe como yo quiero?
- ¿El orgullo me impide aceptar consejos y obedecer?
Quizás Dios ya nos ha mostrado lo que debemos hacer, pero seguimos resistiéndonos porque su respuesta no coincide con nuestros pensamientos.
La pregunta no es si Dios tiene poder. Dios sigue salvando, limpiando, sanando y transformando. La pregunta es: ¿Estamos dispuestos a humillarnos y obedecer como finalmente lo hizo Naamán?
No regresemos a casa con la misma lepra espiritual, con el mismo enojo y con el mismo orgullo. Bajemos hoy del carro de la autosuficiencia y rindamos completamente nuestra vida a Jesucristo.
Oración final
Señor, en este día reconocemos que necesitamos tu ayuda. Tú conoces nuestra condición exterior y también todo lo que se encuentra escondido en nuestro corazón.
Perdona nuestros pecados y límpianos con la sangre de Jesucristo. Sana nuestro mal carácter, enséñanos a esperar con paciencia y aumenta nuestra fe. Quita de nosotros toda soberbia, autosuficiencia y resistencia a tu voluntad.
Ayúdanos a obedecerte, aunque tus caminos sean diferentes de lo que habíamos imaginado. Así como Naamán descendió al Jordán y fue limpio, hoy descendemos del orgullo y nos rendimos delante de ti.
Transforma nuestra vida, nuestra familia y nuestro corazón. Que podamos conocerte verdaderamente y declarar que solamente tú eres Dios.
En el nombre de Jesús. Amén.
