LAS BIENAVENTURANZAS

Las Bienaventuranzas, y forman parte del conocido Sermón del Monte, donde nuestro Señor Jesucristo enseñó a sus discípulos y a la multitud acerca de cómo debe ser la vida de una persona que verdaderamente pertenece al Reino de Dios.

Las Bienaventuranzas nos presentan valores que muchas veces son contrarios a los valores de este mundo. El mundo considera fuerte al orgulloso, importante al que tiene poder y feliz al que posee riquezas. Pero Jesús nos enseña que delante de Dios son bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y aquellos que sufren por causa de la justicia.

A través de este estudio veremos que, Jesús nos llama a vivir una vida diferente, una vida que refleje la santidad, humildad, misericordia y justicia del Reino de Dios.

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

Mateo 5:3

Cuando Jesús habla de “los pobres en espíritu”, no está diciendo que una persona debe ser pobre económicamente para entrar al Reino de Dios. Tampoco está hablando de alguien débil, sin carácter o sin valor.

La pobreza en espíritu habla de una persona que reconoce su necesidad de Dios. Es aquella que deja de confiar en su propia capacidad, justicia, conocimiento o fuerza y reconoce delante del Señor: “Sin Dios no puedo; necesito de Él.”

El ser humano puede tener muchas cosas: dinero, estudios, posición, familia, talentos o reconocimiento. Pero ninguna de esas cosas puede llenar la necesidad espiritual del corazón.

Jesús enseñó:

“Separados de mí nada podéis hacer.”

Juan 15:5

El pobre en espíritu reconoce que necesita diariamente la presencia de Dios, su Palabra, su dirección y su gracia.

La pobreza espiritual comienza cuando dejamos de compararnos con otras personas y nos examinamos delante de la santidad de Dios.

Isaías tuvo una experiencia semejante cuando contempló la gloria del Señor y dijo:

“¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios…”

Isaías 6:5

Uno de los grandes peligros espirituales es pensar que nuestras buenas obras nos hacen merecedores de la salvación.

La Biblia declara:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”

Romanos 3:23

Nuestra salvación no depende de cuánto podamos hacer nosotros, sino de lo que Cristo hizo por nosotros.

Jesús termina diciendo:

“Porque de ellos es el reino de los cielos.”

El mundo puede considerar insignificante a quien reconoce su dependencia de Dios, pero Jesús dice que de ellos es el Reino de los cielos.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.”

Mateo 5:4

A primera vista, estas palabras pueden parecer extrañas. ¿Cómo puede ser bienaventurada una persona que está llorando?

Jesús no está diciendo que todo sufrimiento, tristeza o dolor sea automáticamente una bendición. Está enseñando acerca de un llanto que tiene un significado espiritual: el dolor profundo de una persona que reconoce su pecado, que siente tristeza por aquello que ofende a Dios y que tiene un corazón sensible ante la condición espiritual de este mundo.

Hay una gran diferencia entre sentir tristeza por las consecuencias de nuestro pecado y sentir verdadera tristeza porque hemos ofendido a Dios.

David, después de haber pecado, no solamente lamentó las consecuencias de su pecado. Clamó a Dios:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.”

Salmo 51:10

El verdadero arrepentimiento produce lágrimas, quebrantamiento y deseo de cambiar.

Una persona puede llorar porque perdió algo, porque tuvo problemas económicos o porque alguien la abandonó. Pero Jesús está señalando también a aquellos que lloran delante de Dios por su condición espiritual.

El creyente no debe ser indiferente ante las almas que están alejadas de Dios.

Pablo manifestó este profundo sentimiento cuando habló de aquellos que estaban apartados de Cristo. En Romanos 9:2-3 expresa un gran dolor por la condición espiritual de su pueblo.

Esto nos enseña que una iglesia verdaderamente sensible no solamente celebra cuando alguien llega al culto. También llora, ora y clama por aquellos que todavía no conocen a Cristo.

Cuando vemos una familia destruida, jóvenes apartados, personas esclavizadas por el pecado o almas que están caminando hacia la perdición, nuestro corazón debería sentir compasión.

Jesús no termina diciendo simplemente: “Bienaventurados los que lloran.”

Él añade:

“Porque ellos recibirán consolación.”

Quizás hoy alguien está llorando por un hijo, por su matrimonio, por una enfermedad, por una situación familiar o por una carga espiritual. Pero podemos seguir confiando en Dios.

También hay lágrimas que nacen de la oración. Hay personas que han llorado durante años por la salvación de un familiar. No debemos pensar que esas lágrimas son inútiles. Dios escucha el clamor de un corazón que busca su voluntad.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.”

Mateo 5:5

Cuando Jesús habla de los mansos, no se refiere a personas débiles, cobardes o incapaces de defenderse. La mansedumbre bíblica es tener dominio propio y someter nuestra voluntad a Dios, aun cuando tengamos razones para reaccionar con enojo.

La persona mansa no significa que nunca se enoja; significa que aprende a controlar su reacción y dejar que Dios gobierne su corazón.

El orgulloso quiere tener siempre la razón, no acepta corrección y fácilmente entra en conflictos.

El manso, en cambio, sabe escuchar, reconocer sus errores y aceptar la corrección cuando es necesaria.

Proverbios 15:1 dice:

“La blanda respuesta quita la ira.”

Cuántos problemas familiares y conflictos dentro de la iglesia podrían evitarse si aprendiéramos a responder con mansedumbre.

Números 12:3 dice:

“Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.”

Moisés tenía autoridad y era el líder del pueblo de Israel, pero no utilizaba su autoridad para exaltarse.

La verdadera autoridad espiritual no necesita maltratar, humillar ni imponerse sobre los demás.

Jesús mismo dijo:

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.”

Mateo 11:29

Cristo tenía todo poder, pero cuando fue insultado no respondió con pecado. Cuando fue llevado a la cruz, entregó su vida voluntariamente.

La mansedumbre de Cristo nos enseña que tener poder no significa utilizarlo para vengarnos.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”

Mateo 5:6

Jesús utiliza dos necesidades que todos conocemos: hambre y sed.

Cuando una persona tiene hambre, busca alimento. Cuando tiene sed, busca agua. Jesús utiliza esta imagen para enseñarnos que el creyente debe tener un deseo profundo de vivir en justicia y conforme a la voluntad de Dios.

No debemos conformarnos con asistir al culto ocasionalmente.

Debemos desear la Palabra, la oración y la presencia de Dios.

Como dijo el salmista:

“Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.”

Salmo 42:2

Una persona que tiene hambre espiritual busca alimentarse espiritualmente.

No se trata solamente de querer que otros hagan lo correcto.

Debemos comenzar por nosotros mismos

Es fácil decir:

“Ese hermano debe cambiar.

Pero debemos preguntarnos:

“Señor, ¿qué necesitas cambiar en mí?”

La justicia comienza en nuestro propio corazón.

Jesús dice:

“Porque ellos serán saciados.

El mundo ofrece muchas cosas para satisfacer el corazón: dinero, fama, placer, posesiones. Pero ninguna de ellas puede satisfacer verdaderamente el alma.

Cristo sí puede hacerlo.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.”

Mateo 5:

La misericordia consiste en tener compasión del que está sufriendo o del que ha fallado y necesita ayuda.

Dios ha mostrado misericordia con nosotros y, por eso, nosotros debemos aprender a mostrar misericordia con los demás.

Efesios 2:4 dice:

“Pero Dios, que es rico en misericordia…”

Si Dios hubiera tratado con nosotros únicamente conforme a nuestros pecados, ninguno podría permanecer delante de Él.

Pero Dios tuvo misericordia y nos ofreció salvación por medio de Jesucristo.

La iglesia no debe convertirse en un lugar donde destruimos al que cayó.

Debemos corregir el pecado, porque la Biblia enseña santidad, pero también debemos restaurar al que se arrepiente.

Gálatas 6:1 enseña que si alguno es sorprendido en alguna falta, los espirituales deben restaurarlo con espíritu de mansedumbre.

En Lucas 10, un hombre fue golpeado y quedó herido en el camino.

Varias personas lo vieron, pero un samaritano tuvo compasión de él.

No solamente sintió pena: actuó para ayudarlo.

La verdadera misericordia no solamente dice: “Qué pena.”

La misericordia dice:

“¿Qué puedo hacer para ayudarte?”

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios

Mateo 5:8

Esta es una de las declaraciones más profundas de las Bienaventuranzas.

Jesús no habla solamente de tener una buena apariencia exterior. Habla del corazón.

Una persona puede aparentar santidad delante de los hombres y, sin embargo, tener un corazón lleno de pecado

Dios mira mucho más profundo.

1 Samuel 16:7 dice

“El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”

Podemos engañar a las personas, pero no podemos engañar a Dios.

Jesús confrontó a los religiosos de su época porque cuidaban mucho las apariencias externas, pero descuidaban el interior.

Por eso debemos pedir como David:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.”

Salmo 51:10

Necesitamos que Dios transforme nuestro interior.

Jesús dice:

“Porque ellos verán a Dios.”

La vida cristiana no consiste simplemente en cumplir reglas religiosas.

Nuestro propósito es tener una relación verdadera con Dios y vivir esperando aquel día en que estaremos eternamente con Él.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

Mateo 5:9

Un pacificador es una persona que busca la reconciliación y no la división.

Hay personas que llegan a un lugar y traen problemas. Pero el cristiano debe ser alguien que ayude a traer paz.

Romanos 12:18 dice:

“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.”

Esto no significa aceptar el pecado ni permitir abusos. Significa que, en cuanto dependa de nosotros, debemos evitar conflictos innecesarios y buscar la reconciliación.

Proverbios 16:28 dice:

“El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.”

La iglesia debe tener mucho cuidado con el chisme, la murmuración y las palabras que destruyen.

Un verdadero hijo de Dios no busca incendiar conflictos; busca apagarlos.

La mayor obra de paz fue realizada por Jesucristo.

Nosotros estábamos separados de Dios por el pecado, pero Cristo abrió el camino de reconciliación.

Por eso la iglesia debe anunciar:

“Reconcíliense con Dios por medio de Jesucristo.”

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”

Mateo 5:10

Jesús termina esta parte hablando de algo que muchas veces no queremos escuchar: la persecución.

Seguir a Cristo no significa que nunca tendremos problemas.

Al contrario, Jesús enseñó que aquellos que viven fielmente pueden enfrentar rechazo, oposición y persecución.

Cuando una persona decide abandonar el pecado y vivir para Dios, no todos estarán contentos.

Algunos pueden burlarse.

Otros pueden rechazarla.

Incluso puede ser perseguida por causa de su fe.

Pero no debemos abandonar la verdad para agradar a los hombres.

Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la verdad y muchas veces fueron rechazados.

Jeremías sufrió oposición.

Elías fue perseguido.

Daniel fue llevado al foso de los leones por mantenerse fiel a Dios.

Y en el Nuevo Testamento vemos a los apóstoles sufriendo por predicar a Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo fue rechazado, insultado, golpeado y finalmente crucificado.

Si nuestro Maestro fue rechazado, no debemos sorprendernos cuando el mundo rechace nuestra fe.

Jesús dice:

“Porque de ellos es el reino de los cielos.”

La persecución no significa que Dios nos haya abandonado.

Al contrario, podemos permanecer firmes porque nuestra recompensa está en Dios.

Mateo 5:11-12

Jesús continúa diciendo que somos bienaventurados cuando por causa de Él somos insultados, perseguidos y calumniados.

Y luego dice:

“Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.”

Aquí encontramos una enseñanza poderosa:

Nuestra recompensa no depende de que el mundo nos reconozca.

Puede que nadie valore nuestro trabajo para Dios.

Puede que otros se burlen de nuestra fe.

Puede que algunos rechacen el mensaje que predicamos.

Pero Dios ve.

Dios conoce nuestra fidelidad.

Dios conoce nuestras lágrimas

Dios conoce nuestras oraciones

Y Dios dará la recompensa a sus hijos.

Las Bienaventuranzas nos muestran el carácter que Cristo quiere formar en sus discípulos.

No se trata solamente de memorizar:

Pobres en espíritu.

Los que lloran.

Los mansos.

Los que tienen hambre y sed de justicia.

Los misericordiosos.

Los de limpio corazón.

Los pacificadores.

Los que padecen persecución por causa de la justicia.

Los perseguidos por causa de Cristo.

Jesús nos está diciendo:

Las Bienaventuranzas nos llevan a mirar nuestro propio corazón y preguntarnos:

¿Estoy viviendo como un verdadero discípulo de Cristo?

Porque el cristianismo no consiste solamente en decir que creemos en Jesús. Nuestra vida debe comenzar a reflejar el carácter de Jesús.

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